Huyendo con el muerto
En marzo de 2017 llegamos a Trujillo pocas horas antes de que un huayco volviera a desbordar la quebrada San Ildefonso.
El llamado Niño Costero ya había dejado calles cubiertas de barro, sacos de arena en las puertas y casas marcadas por el agua.
Pero dos días después amaneció soleado.
Parecía que todo había terminado.
Yo tenía un vuelo a Lima esa tarde. Maca regresaría al día siguiente.
Antes del mediodía salimos a comprar unos dulces regionales. Entramos a una tienda cerca de la plaza principal, probamos algunas cosas y, de pronto, escuchamos gritos.
La gente corría.
Alguien miró hacia la tienda y gritó:
—¡Saqueo!
Salimos para ayudar a la dueña a guardar el frigorífico de helados y cerrar el local.
Entonces alguien que escapaba nos dio la verdadera noticia:
—¡El huayco!
Otra vez.
El muerto
Salimos corriendo hacia el hotel.
No llegamos muy lejos.
A unos cien metros, el agua sucia nos cerró el paso. Venía con barro, palos y desperdicios.
Doblamos a la izquierda.
Y ahí estaba.
Frente a una fachada adornada con flores blancas había una carroza fúnebre.
Abrí la puerta detrás del piloto.
—Maca, sube.
Adentro estaban el chofer y los cargadores, vestidos de frac. Nos miraron como si acabáramos de asaltar el vehículo.
Yo solo podía repetir:
—El huayco. El huayco. Arranca.
El chofer giró la llave.
El motor saltó y comenzó a temblar.
Era un Station Wagon de unos cincuenta años que parecía estar recorriendo sus últimos metros.
Llevaba un cuerpo en el cajón de atrás.
Maca lo miró.
—Ahí está el fallecido —susurró.
Su cara decía claramente: esto es un sacrilegio.
—Este tío ya fue —le respondí—. Ya no está.
Fue un escape breve.
Apenas dos cuadras después, el tráfico quedó completamente bloqueado.
Agradecí al chofer, bajamos y continuamos a pie.
No tuve tiempo ni para despedirme del pasajero que acabábamos de abandonar.
Cambio de planes
El hotel ya no era una opción.
Yo tenía que llegar al aeropuerto.
Mi vuelo salía antes del anochecer.
Intenté conseguir un taxi. Nada.
Avancé hacia el norte. Nada.
Regresé. Probé hacia el sur.
Nada.
Solo quedaba sentarme y esperar.
Al rato, el agua bajó un poco.
En el hotel nos hablaron de don Ricardo.
—Es el único que se atreve a manejar en estas circunstancias.
—Llámalo.
Don Ricardo llegó.
Subimos al taxi y emprendimos el camino hacia el aeropuerto.
En condiciones normales eran unos treinta minutos.
Ese día era otra historia.
Avanzábamos a unos 20 kilómetros por hora, esquivando calles inundadas y bloqueadas con sacos de arena.
En el agua
En una urbanización tuvimos que retroceder.
Estaban rompiendo las lunas de algunos vehículos para robar.
Seguimos por otra ruta.
Hasta que el taxi comenzó a meterse en el agua.
Don Ricardo quiso retroceder.
Miré por la ventana.
El agua ya cubría buena parte de las llantas.
—No tenemos a dónde regresar. Adelante hay zonas más altas.
Siguió.
Podíamos escuchar cómo latas, troncos y otros objetos golpeaban la parte baja del vehículo.
Después, el ruido desapareció.
Don Ricardo respiró.
Yo también.
Se va el avión
Habían pasado unas dos horas.
Ya estaba anocheciendo.
Era la hora de salida de mi vuelo.
Dejé de contestar los mensajes de mi flaca. Ya no podía seguir diciéndole que todo estaba bien.
A lo lejos apareció el aeropuerto.
Estaba a unos 500 metros.
Y ahí volvimos a detenernos.
Decenas de vehículos estaban atrapados. Unos contra otros, sin poder avanzar ni retroceder.
La radio informaba que otra quebrada, cerca del aeropuerto, había reventado.
El agua avanzaba con lodo, troncos y desperdicios.
Entonces vi el aeropuerto.
Cogí mi mochila y empecé a correr.
Yo corría.
Pero no avanzaba.
No era el agua.
Era mi estado físico.
Una niña de unos doce años pasó corriendo a mi lado y me confirmó que el problema era exclusivamente mío.
Finalmente llegué.
El aeropuerto estaba protegido por una barricada de sacos de arena de más de un metro de altura.
Un vigilante custodiaba el acceso.
Le señalé que me ayudara a subir.
Cuando reaccionó, yo ya estaba del otro lado.
Avancé entre el tumulto.
Todos querían entrar.
Todos querían salir.
Todos tenían una razón.
Y yo tenía un avión que estaba a punto de irse.
Cerca de la puerta de embarque, un tipo se puso sabroso.
No estaba solo. A su alrededor había pasajeros desesperados que tampoco podían viajar.
Cuando intentaron detenerme, una voz femenina gritó mi nombre.
Me estaban llamando.
Mostré mi pasaje.
—Me están llamando.
Me soltaron.
Se abrió el camino.
Corrí.
Subí al avión.
El piloto dudó al ver las aguas turbias sobre la pista.
Después anunció:
—Ya estamos listos para partir.
Vuela hasta perderte
El vuelo 2207 despegó.
Y poco después cerraron el aeropuerto.
Desde el avión pude ver cómo la noche cubría el complejo y el agua negra rodeaba las pistas.
La lluvia y los truenos acompañaban el cierre de la ciudad.
Trujillo quedó sitiada durante diez días.
Maca no pudo salir al día siguiente.
Tuvo que permanecer más de una semana en el hotel junto a otros compañeros, con cortes de luz, problemas de abastecimiento y poca alimentación.
Aquella semana de marzo de 2017, las quebradas que habían permanecido inactivas durante décadas volvieron a llevar agua, lodo, troncos y todo lo que encontraban a su paso.
Yo tuve suerte.
Llegué al aeropuerto.
Corrí.
Subí al avión.
Y me fui.
Pero durante un rato, para conseguirlo, tuve que huir con un muerto.
El principio
Años después, cuando pienso en aquella historia, hay algo que permanece.
No recuerdo primero las cifras del Niño Costero.
Recuerdo el grito de la gente.
El agua.
El Station Wagon.
El cajón detrás de nosotros.
La carrera hacia el aeropuerto.
La niña que me pasó corriendo.
Y ese avión despegando mientras la ciudad quedaba bajo el agua.
Una historia puede hacer que alguien vea un fenómeno que de otro modo solo conocería como un dato.
Ahí está una de las funciones de la narrativa.
No reemplaza la información.
La convierte en algo que podemos comprender.
Porque cuando una realidad es demasiado compleja para explicarla de una sola vez, a veces el mejor puente empieza con una historia.